Acompañar hasta el final
20/05/2026

El “ya no hay nada que hacer” simplifica una compleja realidad a la posibilidad de curar o mejorar, desamparando a las personas en su sufrimiento. Esa mirada médica es además engañosa, pues siempre podremos acompañar, consolar y confortar.
En este campo de sufrimiento humano la psicoterapia puede ofrecer tanto. La angustia no solo aparece cuando la persona experimenta un daño físico o social, sino cuando al mismo tiempo cree que carece de recursos para enfrentarse a ese daño. El final de la vida es una de las principales fuentes de angustia.
A las personas se las protege cuando hablamos abiertamente sobre ello y no cuando lo evitamos. Nos traumatiza el contacto traumático con la muerte, no el contacto con la muerte en sí. El silencio y la incomprensión ante el dolor de la pérdida son las que provocan sufrimiento, especialmente hoy en día, cuando la humanización de la sociedad se está sustituyendo por una fría profesionalización.
Nuestras necesidades cuando afrontamos el final de la vida son principalmente existenciales y sociales, no médicas. Dejarlo en manos de los profesionales como otro problema más que resolver es peligroso y más cuando la medicina actual está educada bajo fantasías de inmortalidad y control omnipotente.
Frente a la muerte, necesitamos procesos de resignificación para combatir los sentidos dañinos que solemos darle: abandono, injusticia y culpa. El desafío es si se puede ganar una visión serena e incluso agradecida con respecto al límite de la vida. Valorar la enseñanza que nos puede dar y que nos sirve para vivir mejor.
Paradójicamente, la conciencia de la finitud y de lo efímero de la existencia —tal como reflexiona Freud en su breve escrito ‘la Transitoriedad’— es precisamente lo que dota de valor intrínseco a la experiencia vital. Reconocer el límite biológico opera como un anclaje en el presente, resignificando el valor de la propia vida.
Tal vez pueda afirmarse que, hoy día, a las tres heridas narcisistas que describió Freud —las que nos enseñaron que no somos el centro del universo, ni de origen distinto al del resto de animales, ni somos amos absolutos de nuestra existencia psicológica— se le añade una cuarta: fruto del retroceso que hemos hecho en la forma de tratar a la muerte, a nuestro orgullo le cuesta aceptar, de nuevo, la incontrastable realidad de nuestra mortalidad.